Abril 2006
Rosmeli Am
El Retorno
Octubre 2008
Publicado por:
Escritores Teocráticos Ediciones
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—El retorno—
–Cuento–
Rosmeli Am
Madre e hijos vivían en una vieja casita de adobe en Valle Hermoso, donde se podían ver flores aún en invierno. Era un lugar privilegiado, donde todos se conocían. Sus mujeres trabajadoras, tejían maravillosas prendas, y hacían dulces exquisitos. Una delicia al paladar, los famosos dulces de “La Ligua”, un pueblito provinciano y tranquilo.
Algunas mujeres criaban solas a sus hijos. Tal era el caso de nuestra protagonista, Sara Inés, mujer de mediana estatura, robusta, madre de tres niños. La mayor de ocho años, le seguía un varoncito de seis y otro de cuatro años. Ella de veintitrés y viuda, trabajaba tejiendo, se casó muy joven. Su primera hija la tuvo a los quince años; su esposo era diez años mayor y hacía tres que su esposo ya no estaba con ella. “Se lo llevó el señor”, decía ella. Todavía sentía que lo amaba.
El trabajó en una mina al interior de Salamanca, un pueblito cerca de la Cordillera de Los Andes, donde se pueden ver a los cóndores; aves majestuosas con sus enormes alas planeando, rasgando el frío viento de la cordillera. "Es maravilloso mi nena, si lo vieras, es maravilloso"... Y ella se los imaginaba. Él los veía cuando subía en el bus que los conducía a la mina, y se lo relataba a sus hijos en la tarde, cuando todos se juntaban junto al fogón a tomar mate en las frías noches de invierno. Recuerda como su esposo estiraba los brazos imitando a un cóndor volando, y sus hijos reían felices. Amaban mucho a su padre. "Ay Dios mío —suspira con mucha pena—. Porqué te lo llevaste, si era tan bueno mi Juan. Se tomaba sus traguitos, claro, como casi todos los del pueblo. Pero mi Juan era re’ trabajador". Así pensaba Sara Inés. "¿Porqué, mi Dios tu sabes que lo necesitamos, porqué te lo llevaste?". Gruesas lágrimas surcaban su rostro.
Desde que tenía uso de razón, se hacía preguntas. Su madre era una mujer muy buena, pero sin conocimiento. Jamás salió de valle hermoso, no fue a la escuela. Tenía muchos hermanos que cuidar. Por eso no podía contestar las preguntas que ella le hacía. Su padre, por otro lado, casi vivía en la mina. Lo veía muy poco. Cuando Sara Inés era niña, fue a la escuela, aunque solo a la primaria.
Conoció a Juan cuando solo tenía 14 años. Un primo que trabajaba en Salamanca, se lo presento. Se enamoraron y se casaron. Era un hombre responsable, se la llevo a Salamanca. Allí vivía con su suegra. Ella había perdido a su esposo en la mina, y Juan asumió el lugar de cabeza de familia antes de conocerla a ella. La vida había sido muy dura para su Juan. Trabajaba de niño, y maduró antes de tiempo. Ante sus recuerdos, Sara Inés levantó una plegaria a Dios: "Señor, me dijeron que esa era tu voluntad y tenemos que aceptarla. Pero yo me pregunto, ¿de veras que tu necesitabas a mi Juan allá en el cielo? Pero aquí también lo necesitamos. Mis padres son muy buenos, ellos me trajeron de Salamanca. Pero papá esta enfermo del pulmón, y ya no puede trabajar. Y mamá tiene artritis en sus manos de tanto lavar ajeno. Yo te pido mi Dios, que tengas compasión con mi familia y me digas porqué te llevas al cielo a las personas que necesitamos aquí. Dame las respuestas a mis preguntas por favor".
En ese momento entra su hija a la habitación y la encuentra llorando, hincada al borde de la cama, como tantas veces la había visto. Sara Inés se incorporó pesadamente, tenía el corazón destrozado. Inconsolable, abrazó a su hija.
—¡Vamos, hijita! ve a buscar a tus hermanitos, y dile a mamá que voy a servir el almuerzo.
Luego se dirigió a la cocina, puso la mesa y sirvió un plato. Lo puso en una bandeja. En un platillo puso un pan y junto a él, un vaso con jugo de limón y naranja. Lo levantó y se lo llevó a su padre. Estaba postrado en cama. Sujetando la bandeja con las dos manos, corrió la cortina que separaba la pieza del pasillo con el codo, y sonrió a su padre que leía una revista acostado. Al verla sonrió y se incorporó acomodándose para comer.
— Papito te ves mejor. Mañana tenemos que ir a la Ligua para que te vea el doctor. Te pondrás bien. Tienes que seguir con el tratamiento para que se te limpien los pulmones.
Depositó suavemente la bandeja en sus rodillas. Le acomodó los almohadones. Amaba a su padre y lo atendía de corazón.
— Gracias hijita, que haríamos nosotros sin ti —dijo, estirando sus brazos con ademán de abrazarla.
Así era su padre cariñoso. Le daba tanta pena verlo padecer. En la noche lo escuchaba toser más, rompiendo la quietud de la noche. En ese instante entró su madre a la pieza, con la intención de ayudarlo a comer, pero don Jacinto no la dejó.
— No mijita, si ya puedo comer solo —le sonrió agradecido. Con cariño amaba a sus mujeres.
Ellas lo amaban y cuidaban con amor, y no sólo por obligación. Él lo merecía. Tenía más hijos, pero se fueron al norte, en busca de trabajo. Solo le quedaba su hija y era la única mujer. Sus otros hijos eran varones.
En el velador tenía la Biblia abierta para ahuyentar a los malos espíritus, decía, y proteger a su familia. Claro que solo la conservaba como amuleto, porque nadie la leía.
Al día siguiente, Sara Inés y Don Jacinto, salieron muy de mañana rumbo a la Ligua cuando aún era de noche para sacar turno. Se hallaban esperando como tantas personas que querían ser atendidos. Tanta gente, siempre estaba lleno el hospital. Más si era invierno.
Don Jacinto puso atención a lo que una señora le conversaba a otra, y le pidió a su hija que pusiera atención también. La señora decía a su vecina de asiento:
— "Dios no es el causante de nuestras enfermedades ni de la muerte. Todo empezó en el jardín de Edén, cuando un ángel de Dios se hizo malo”. La mujer la interrumpió diciendo:
— “¿Cómo un ángel pudo hacerse malo? —le dijo mirándola dudosa, pues para ella todos los ángeles eran buenos.
— “Es porque Jehová a los ángeles también les dio libre albedrío, así como a nosotros. Y uno de esos ángeles permitió que malos deseos, anidaran en su corazón. Él se hizo malo así mismo, y es el causante directo, de los padecimientos del hombre.”
— ¿Y quién es ese ángel? —dijo Sarita sumándose a la conversación.
— “Ese ángel malo es Satanás —respondió la mujer, invitando a Sarita a acercarse—.Veamos la Biblia. Se las leeré: Génesis 2:17 dice: "Pero en cuanto al árbol del conocimiento de lo bueno y lo malo, no debes comer de él, porque en el día que comas de él, positivamente morirás". Todos los ángeles estaban mirando cuando Dios creó la tierra. Entre ellos estaba ese ángel, y deseó que la pareja que Dios creó, lo adoraran a él. Por eso le mintió a Eva en el jardín de Edén, diciéndole que no morirían, sino que al comer del fruto iban a ser como Dios, conociendo lo bueno y lo malo. Está aquí, en Cap. 3:4,5. El diablo habló por medio de una serpiente, igual como lo haría un ventrílocuo, que hace parecer que habla un muñeco —Mostró con su mano haciendo como que hablaba.
— Entonces, ¿Dios creó al hombre para que muriera? —preguntó Sarita. La otra señora solo escuchaba.
— Al contrario. Si Dios mismo se lo advirtió. Recuerde que fue la desobediencia lo que le ocasionó la muerte. Ellos se rebelaron contra Jehová, decidiendo por sí mismos. Usaron mal su libre albedrío, y con eso acarrearon la muerte a todos, ya que Adán no censuró a Eva sino que sé unió a ella y comió del fruto prohibido. Jehová no puede mentir y fiel a su palabra condenó a Adán. En Romanos Cap. 5:12,17,19 dice: "Por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo, y la muerte por medio del pecado. Y así la muerte se extendió a todos los hombres porque todos habían pecado... por la ofensa del un solo hombre la muerte gobernó como rey... Por la desobediencia de un solo hombre muchos fueron constituidos pecadores."
— Pero, ¿dónde están los muertos? Mi esposo murió, y como era bueno yo creo que está en el cielo, y que desde allí él nos ve y nos cuida. En la noche converso con él —dijo Sarita. La señora la miró enternecida.
— Veamos mejor la Biblia —dijo la mujer—, ella como palabra de Dios, nos dirá en qué condición se encuentran nuestros seres queridos que han muerto. Ecl. Cap. 9:5 dice: "Los vivos están conscientes de que morirán; pero en cuanto a los muertos ellos no están conscientes de nada en absoluto.” En Sal.146:4 dice: "Sale su espíritu, él vuelve a su suelo; en ese día de veras perecen sus pensamientos". Eso quiere decir que ellos no se van ni al cielo ni al infierno. Simplemente vuelven al suelo, se hacen polvo.
Sarita la mira con decepción. Ella prefiere creer que está en el cielo, no que se vuelve polvo.
— No se desanime —dijo la mujer al notar la cara de tristeza de Sarita—, y vea que Jehová es bueno. Es por eso que mandó a su propio hijo a la tierra, para que fuera sacrificado y con su preciosa sangre nos redimiera de la muerte. ¡Sí! No es una ilusión, es una realidad. Mire, veamos la Biblia. Juan 6:40 dice: "Porque ésta es la voluntad de mi padre: que todo el que contempla al hijo y ejerce fe en él, tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el ultimo día." ¿Se da cuenta que no es la voluntad de dios que muramos? Si fuera esa su voluntad no habría mandado a su hijo para ser sacrificado.
A Sarita se le iluminó el semblante. La otra señora se retiró, puesto que la llamaron a su turno. Su padre escuchaba en silencio. No se perdía nada de lo que decía la mujer, que era una Testigo de Jehová.
— ¿Usted quiere decir que yo podré ver vivo de nuevo a mi esposo, verdad?
— Yo no lo digo. Lo dice el libro divino —respondió la mujer—. Veamos lo que nos dice aquí, Juan 5: 28,29: "No se maravillen de esto, porque viene la hora en que todos los que están en las tumbas conmemorativas, oirán su voz (la de Jesús) y saldrán. Los que hicieron cosas buenas, a una resurrección de vida, y los que practicaron cosas malas, a una resurrección de juicio.
— ¡Ay Dios mío! Casi no lo puedo creer —exclamó extasiada Sara Inés, tomándose la cara con ambas manos. Admirada preguntó: —¿Cómo podré volverlo a ver?
— Aquí lo dice —responde la mujer abriendo nuevamente la Biblia— Juan 17:3 dice: "Esto significa vida eterna, el que estén adquiriendo conocimiento de ti, el único Dios verdadero, y de aquel a quien tú enviaste, Jesucristo."
— ¿Cómo puedo adquirir ese conocimiento? —preguntó interesada, Sarita.
— Si por favor, díganos cómo —dijo su padre, también entusiasmado.
La hermana espiritual lo miró complacida. Una señora, que se encontraba detrás de ellos, también quiso saber y dijo:
— “A mí se me murió un hijo de corta edad, y como esta señora, también pensé que Dios se lo había llevado. No sabe cómo me consuela saber que lo podré volver a ver —dijo mientras sus ojos se llenaron de lagrimas.
La señora Testigo de Jehová, abriendo su bolso saco un libro, y dijo emocionada y enternecida por esa gente que tenia hambre espiritual:
— Yo les puedo ayudar con la ayuda de este libro. Se llama "El conocimiento que conduce a vida eterna", editado por los Testigos de Jehová. O si gustan, podrán tener estudios con hermanos que vivan más cerca de sus casas, y así podrán asistir a las reuniones que se celebran. Así recibirán verdadero alimento espiritual.
— Nosotros vivimos en Valle Hermoso —dijo Sarita. La otra señora dijo que vivía el “La Ligua”. Así es que se hicieron arreglos para ayudarlas. Y ambas señoras y el caballero, recibieron estudios bíblicos y ayudaron a su familia a adquirir el conocimiento que conduce a vida eterna.
Sarita, ya como testigo de Jehová, junto con sus padres, predican a otras personas, que como ellos antes, vivían en la ignorancia. Ahora tenía la esperanza segura de que volvería ver a su amado esposo. ¡Sí! ¡Hay resurrección! ¡Hay un retorno!
—FIN—
Rosmeli Am.
16/04/06
