

“LAMENTO informar que a las 21 horas de Montevideo, murió Álef Guímel. De seguro sus obras ‘van con ella’”. (Lunes 27 de diciembre de 2004). -
El escueto mensaje en la red de Internet, daba cuenta del deceso de uno más de los siervos leales de Jehová. Pero este deceso en particular, remecería los corazones de muchos hermanos y hermanas que sentían una profunda admiración y cariño por la hermana a la que se hacía referencia. Uno de esos corazones estaba a kilómetros de distancia, sin embargo, en pensamiento y cariño, siempre a su lado.
Otro gentil mensaje en la red, fechado martes 28 de diciembre de 2004, informaba:
“Queridos hermanos:
“Esta mañana fue el sepelio de nuestra querida hermana Lira. Un hermano Betelita dio la conferencia y fue muy gratificante para todos.
“Comenzó con el texto de Eclesiastés 7:1 que dice: ‘Mejor es un nombre que el buen aceite, y el día de la muerte, que el día en que uno nace’.
“Entonces, el hermano Betelita, habló de la vida fructífera que llevó nuestra hermana Lira, con un poco mas de cuarenta años de servicio completo, habiendo ayudado a más de ochenta personas a conocer a nuestro Dios. Transformándose así, en un excelente ejemplo a seguir.
“También recordó que siempre llevaba una sonrisa, y cuando no bromeaba citaba, tanto un poema o un texto de la Biblia. Luego de mencionar nuestra esperanza, y cómo de seguro Jehová la tendrá en su memoria, terminó su disertación citando Eclesiastés 7:2 que dice: ‘Mejor es ir a la casa del duelo, que ir a la casa del banquete. Porque ese es el fin de toda la humanidad; y el que está vivo debe poner esto en su corazón’. Nos animó a todos a reflexionar y tener en mente, el día de nuestra muerte, en el sentido de vivir cada día para Jehová, como si fuera el último.”
El mensaje en la red, terminaba así:
“Realmente tuvimos el privilegio de conocer a una preciosa hermana, que nos deja un gran ejemplo. De seguro la extrañaremos mucho. Pero sabemos que ella estará allí.
Un gusto estar en contacto con ustedes...”
“Ella estará allí...” Todos los que leyeron el mensaje, sabían a qué se refería. Muchos hermanos que la conocieron personalmente o a través de sus escritos, que rebosaban de amor por Jehová y sus maravillosas promesas, expresaron su pena por su fallecimiento.
Uno de esos muchos corazones tristes por la noticia, escribe a una amiga en México:
“Querida hermana Elvira:
También he disfrutado por años de leer los libros de Álef Guímel. En mi caso particular, es esa amiga del alma que nos marca para siempre. Pero el legado que nos deja es inmenso, y es una bendición poder tener todo cuanto escribió. Aunque ella esté ausente momentáneamente hasta el Paraíso, sus palabras seguirán transmitiendo tanta vida y esperanza como siempre.
Un abrazo...
Tu hermana,
Nancy.”
Nancy, con mucho esfuerzo termina la nota en su computador. Cierra sus ojos y descansa su cuerpo en el respaldar de su sillón, para concentrarse en el reposo de sus débiles músculos, afectados por la ingrata enfermedad.
“Polimiositis, Miastenia Gravis”, había diagnosticado desbastadoramente el doctor. Un nombre difícil de pronunciar, pero mucho más difícil de soportar. “... Los neurotransmisores que conectan los impulsos nerviosos con los músculos, son atacados por el sistema inmunológico, causando debilidad grave”, había explicado el doctor a Waldo, su desconsolado esposo. Otra enfermedad que produce inflamación de las arterias se había sumado a las anteriores como un infame complot para dejarla paralizada en un 95% de su cuerpo. “¿Porqué precisamente ahora?”, había sido su primera reacción. Justo cuando sus planes para iniciar el precursorado como familia estaban prosperando. No recuerda cuántas lágrimas de impotencia, pena y dolor se han derramado por sus mejillas.
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