Jueves, Febrero 09, 2012
Otros Autores Beatríz Donato La mesa servida

La mesa servida

       Atravesé la colina. Agitada por mis pasos presurosos, llegué al enorme jardín azul como así lo llamaban todos sus residentes. Estaba invitada a un almuerzo, una ocasión importante que habían preparado nada menos que Juan  el bautizante  y Zacarías leal padre. La mesa tenía forma de T. Cada una de sus partes medía aproximadamente ochenta metros. Dimensiones dignas de recibir sobre un impecable mantel de encaje blanco, a unos cuantos personajes de la antigüedad.  Se agolparon las preguntas en mi boca. Busqué donde sentarme y elegí hacerlo entre Raquel y Rebeca para preguntarles cuan grande fue el amor que sintieron por sus esposos y que singular estrategia habían utilizado para enamorarlos tan perdidamente. Como la respuesta no llegó seguí caminando. Al pasar junto a la viuda de Sarepta le pregunté si ella había amasado esa enorme cantidad de panecillos redondos. Sonriendo, asintió con su cabeza y señalando a Sara, me dijo al oído que los había hecho con su ayuda y su toque de distinción culinario.
       Todas las conversaciones se mezclaban: Sansón y Samuel hablaban del nazareato. Noe de las tablas que tuvo que construir para registrar a los predicados y Jonás narraba que su estancia dentro del vientre del pez fue como estar en un paraíso flotante. En un extremo de la mesa, Jacob y Esau se abrazaban emocionados; se reían de sí mismos porque se les había asignado justamente a ellos dos, la preparación del gigante guisado de lentejas que se hallaba sobre un conjunto enorme de brasas, junto a la mesa.
       Sin dejar de admirar cada detalle, me propuse averiguar quién era el orfebre que se había tomado el monumental trabajo de fabricar y tallar los más de trescientos vasos de plata que adornaban la mesa. Benjamín. me dijeron. De inmediato vino a mi mente la trampa de José; no podía parar de reírme... Decenas de rostros desconocidos que también estaban sentados a la mesa, me miraban con curiosidad. Había rostros lozanos y puros con ojos asombrados y felices de estar en el paraíso recobrado. Había hombres fuertes, hombres frágiles, mujeres exquisitas, otras vigorosas... Gente de aquí y de allá. Gente de mi barrio que me sorprendió gratamente y gente que parecía haber dejado atrás su ego y su orgullo. También mi gente, dueña de mi corazón: mis hijos, mis nietos, mi hermano, mi padre y... también... también, ¡mi mama! Comencé a observarla y caminé hacia ella. Parecía poco interesada en el almuerzo, pero sus manos veloces tejían abrigos y bufandas para todos los residentes de esta tierra luminosa. Busqué un lugarcito a su lado y al verme, entre lágrimas y sonrisas, me miró con su acostumbrada fijeza y me dijo: siempre supe que me decías la verdad, a pesar de lo mucho que te hice renegar cuando me dabas las clases bíblicas. Le respondí con calma que las últimas palabras que habían salido de mi boca para ella, fueron que JEHOVÁ jamás la abandonaría. Y no lo hizo.
        Ambas formamos parte ahora, de una familia como la que nunca tuvimos, porque en el viejo sistema de cosas, vaya a saber uno por qué  causa, nunca estuvimos realmente juntos. Vivíamos juntos pero solos. Cada uno en su mundo... amándonos... sin conocernos.
        Por eso en ese instante, agradecí infinitamente los sagrados arreglos de JEHOVA y su   REY  entronizado, JESUCRISTO: el nuevo mundo, la nueva gente, la resurrección y en lo que a mí respecta, el hallazgo de una familia definitivamente unida, para disfrutar de las gloriosas bendiciones de JEHOVÁ... como ésta... la de disfrutar de una maravillosa mesa servida en el paraíso recobrado.


        Dedicado a todos mis hermanos,

    BEATRIZ DONATO 
      Octubre 2009