
Yo te escucho
aunque tú no puedas hablar,
tú me contestas
aunque tú no puedas oír,
porque para comunicarnos
nada más necesitamos
un corazón que sepa entender
y dos manos que sepan reír.
Tú y yo somos iguales,
no hay diferencias.
Tenemos las mismas necesidades,
nos hacemos las mismas preguntas
y esperamos las mismas respuestas.
Los dos tenemos un sueño maravilloso:
¡en el paraíso servir para siempre
a nuestro amado Dios Jehová!
El mundo no te entiende,
no sabe y no quiere leer
las palabras que tú escribes
en la gran cara del aire.
Pero tú no te preocupes,
no te sientas mal, ¡no llores!;
en el amigable pueblo de Dios
todos queremos leerte.
Tus sentimientos son importantes
y también tus pensamientos.
No te escondas detrás de un árbol,
no te metas debajo de la cama,
no te encierres en tu casa;
tú camina en la calle y demuestra
que vivir dentro del silencio
no significa estar muerto.
Se acerca muy rápido el tiempo
en que tus oídos verán el sonido
y tus labios tendrán una voz.
Pronto, muy pronto tú disfrutarás
de la suave música de las flores
y del espumoso canto de los mares.
Sólo aguanta un poquito más
y un grito de alegría tú darás.
...A Seyed Maryán Falah; amiga y hermana en la fe.
Alberto León